La reciente serie de deslizamientos de tierra en la zona oriente de Santiago y en Viña del Mar ha puesto de manifiesto una inquietante pregunta sobre la vulnerabilidad de ciertas áreas en Chile, un país caracterizado por su geografía montañosa y quebradas. Hermann Manríquez, director del Instituto de Geografía de la PUCV, explica que el problema no es meramente el volumen de lluvia que cae, sino cómo se ha intervenido este territorio con anterioridad. Es fundamental entender que estas catástrofes no son casuales, ya que el riesgo se forma antes, mediante decisiones de planificación urbana que ignoran las condiciones naturales del terreno, generando así condiciones propicias para el colapso de laderas.
Las laderas cortadas son un factor crítico en este fenómeno. Manríquez señala que al realizar modificaciones para la construcción de caminos, viviendas e infraestructura, muchas veces se corta la ladera, afectando su perfil natural. Este proceso no solo deja suelos y rocas expuestos, sino que al no contar con muros de contención o drenajes, se incrementa el riesgo de deslizamientos. Cuando la lluvia se presenta, el agua infiltra y, debido a la inestabilidad de las laderas alteradas, puede provocar que el material se desplace de manera abrupta, llevando consigo todo a su paso.
A pesar de que la precipitación es uno de los detonantes de estas remociones en masa, Manríquez aclara que otros factores como los sismos también juegan un papel importante. La interacción de estos fenómenos naturales puede resultar en situaciones devastadoras. Esto subraya la necesidad de implementar normativas más rigurosas y eficientes en la construcción y ocupación del territorio, así como de mejorar las medidas de prevención para mitigar el impacto de estos eventos.
La saturación del suelo es otro aspecto que no puede ser ignorado. Cada suelo posee una capacidad limitada para infiltrar y almacenar agua, siendo esencial para el equilibrio ecológico de la zona. Sin embargo, cuando ese límite se supera, el agua comienza a acumularse en la superficie, lo que puede generar un escurrimiento que favorezca el deslizamiento de materiales en laderas empinadas. A medida que el peso del agua en la tierra aumenta, la resistencia y estabilidad del terreno disminuyen. Esto pone de manifiesto la vulnerabilidad de los suelos en áreas donde la infraestructura urbana ha debilitado su integridad natural.
En conclusión, los deslizamientos de tierra en regiones como Santiago y Viña del Mar son una advertencia sobre la gestión del territorio en Chile. La intervención humana sin consideración adecuada de las condiciones geográficas y climáticas plantea riesgos mayores. Para enfrentar este desafío, es vital que se tomen medidas proactivas que incluyan estudios geológicos previos a la construcción y la implementación de sistemas de contención y drenaje. De lo contrario, la combinación de lluvias intensas y terrenos inestables seguirá siendo una amenaza, poniendo en riesgo la seguridad de miles de habitantes.











